Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras...

Cuentan que en la vieja URSS hubo un alto dirigente del Partido que, antes de morir, dejó una vasta extensión de unas 1000 fanegas de terreno a un nuevo camarada, que aunque de orígenes distintos, había abrazado las ideas del Partido. El viejo dirigente pensó que nadie mejor podía guardar los valores del comunismo como aquel prometedor muchacho. Incluso había un pequeño poblado en esa propiedad. A su vez, el nuevo propietario tenía dos hijos de corta edad. Conforme pasaba el tiempo, los hijos fueron creciendo. Su padre había dominado con mano dura el poblado. Todo aquel que no defendiera el comunismo era expulsado del pueblo, o, en el mejor de los casos, marginado a vivir sin casa y comiendo lo que pillaba de sobras de los demás.

El mayor de los dos hijos comulgaba con su padre. Le acompañaba al mitin semanal de los domingos, en la Plaza Lenin del pueblo. Mientras su padre cantaba entusiasta la Internacional, el hijo mayor vigilaba que todo el mundo lo hiciera con él. Con fervor y entusiasmo. Aquellos que apoyaban y daban su vida por la revolución eran recompensados: regían los mejores comercios, gestionaban los pequeños transportes públicos incipientes; los afectos al líder y sus ideas fueron los que consiguieron llevar el agua a todas las casas y edificios del pueblo; la gestión de los residuos fue a parar a un amigo de juventud del líder. En esas casas, a esa gente, no le faltaba de nada.

Había otras personas que no entendían que tuviera que imponerse nada. Que todo el mundo tenía el mismo derecho a vivir en paz y con dignidad. Uno de ellos era el hijo menor del líder. Sus peleas con su padre y su hermano habían acabado en una relación nula. Un día, el hijo pequeño les pidió que les cediera, a él y a un grupo de personas que pensaban como él, un pequeño trozo de la gran extensión heredada. Solo quería lo que entendía que era suyo, al ser además heredero directo de lo que el viejo dirigente le entregó a su padre. Éste, por no tener más discusiones, obviaba la petición de su hijo menor. Era tal el estado de la relación que ni se hablaba con él. A veces deseaba verlo morir de hambre como todos los demás que no abrazaban el comunismo. Empezó a negarles la entrada en la escuela o que los atendieran los médicos. Incluso empezó a quitarles los puestos de trabajo de miseria que les había asignado.

Pasaba el tiempo y el padre nunca entregó ese pedazo de tierra a su hijo y amigos. Un día, decidieron que no podían seguir soportando el yugo del líder y sus ideas totalitarias y discriminatorias, y se fueron al terreno, construyeron unas pequeñas chabolas, consiguieron comida que repartir entre todos de manera digna. Algunos eran profesores y fueron educando a sus hijos sin la doctrina del Partido. Allí no entraban ni Marx, ni Lenin, ni Stalin, ni Trotsky. Había libertad de conciencia. Como había agua cercana, consiguieron enganchar el suministro para las chabolas. Y un pequeño generador de electricidad, que daba para el apaño, pero que necesitaba combustible que conseguían a duras penas. Poco a poco fueron montando una pequeña y pobre, pero digna comunidad donde existía solidaridad y un gran compañerismo (decidieron llamarlo así, porque camaradería sonaba a rancio)

La ira del líder del pueblo y padre del “desertor” fue en aumento. Envió a su policía para que metiera miedo entre los “ocupadores” de su territorio. Más de una vez dijo públicamente que estaba deseando de echarlos a patadas de allí. Pero no quería ser el que provocara sangre, estando su hijo de por medio. Así que decidió tomar medidas disuasorias. Lo primero que hizo fue romper el ramal de suministro de agua que llegaba a aquella zona. Después prohibió a los vendedores de combustible que facilitaran ni un mililitro a los “ocupadores”.  Estos empezaron a sufrir las consecuencias desde el primer momento. Sin agua, sin luz, sin la posibilidad de comer cocinado. No entendían cómo aquél hombre podía ser tan cruel como para negarles algo tan básico. Algunos tenían convicciones cristianas, y habían leído aquello de “dad de beber al sediento” en las palabras de Jesucristo. Pero claro, ¡qué se podía esperar de aquél despiadado comunista que perseguía a quienes pensaban distinto de él!

Pero dejemos a un lado la parábola, educativa, pero inventada, y vayamos a la realidad. Sr. Nieto, alcalde de Córdoba. Usted no ha heredado nada. Lo que usted gestiona no es suyo, sino de todos. Y que, como usted y sus correligionarios (¡no por Dios, no se asuste, no diré que son comunistas!) nos niegan el trabajo, usan la patada en la puerta al desahuciarnos, derriban con piquetas allí donde se “cobijan” los que no tienen otra cosa, tendrán que asumir las consecuencias de su falta de humanidad, de su altanería como “dueños del cortijo”. Y, tenga también en cuenta, que desde nuestra actitud absoluta y totalmente pacífica, no vamos a esperar a que tenga que asumir su responsabilidad electoral para buscar soluciones a situaciones de miseria por ustedes provocadas. El hambre no entiende de cambios de cromos.

¡¡Luz y agua ya para el Rey Heredia!!

Escribir comentario

Comentarios: 4
  • #1

    Javier Arias (domingo, 24 agosto 2014 17:44)

    Así es R.J.
    Los auténticos reyes de la patada en la puerta son los banqueros y los tristes cuerpos policiales a su servicio, con la bendición del alcalde, el gran Pilatos Stalinista.

    ¡¡Luz y Agua para el Rey Heredia!!
    Abrazos.

  • #2

    Potemkin (lunes, 25 agosto 2014 09:16)

    Querido Rafael, percibo un ligero aroma a George Orwell.

    ¡¡LUZ Y AGUA YA PARA EL REY HEREDIA!!!

    Un Abrazote.

  • #3

    antonio pintor (miércoles, 27 agosto 2014 21:59)

    Bonita parabola con una interesante ensenanza, la falta de escrupulos de gobernantes catolicos

  • #4

    Jorge OJD (martes, 03 marzo 2015 16:58)

    Interesante historia, buena metáfora. Me lo apunto. Buen post!